martes, 7 de septiembre de 2010

Sus manos se tensaron bajo mi mandíbula. Yo abrí los ojos y su rostro estaba apenas a unos centímetros del mío. El corazón se me acelero y el estomago me cayo a los pies. Intente respirar, pero mis pulmones no obedecieron.
Reconocí la intención en sus ojos. Sabía como se movería, exactamente como sentiría que eran sus labios. Y aun así, todo era nuevo para mí, un poco más impresionante que antes, porque esta vez era su boca la que se apretaba contra la mía. Pensaba que únicamente pretendía tocar mis labios con los suyos de forma suave, pero las cosas cambiaron en el momento en que nuestra piel entro en contacto. Su boca se volvió dura y brusca de pronto, y sus manos acercaban mi rostro contra el suyo mientras sus labios se movían sobre los míos de un modo precipitado, poco familiar. Era muy distinto a los recuerdos y, desde luego, mucho mas intenso. Se me descontrolo la cabeza, que empezó a funcionar de manera incoherente. Mi cuerpo se sublevó, y dejo de obedecerme para tomar él el control. No era Melanie, sino que el cuerpo era ahora más fuerte que ninguna de las dos. Nuestra respiración era un eco la una de la otra: la mía, salvaje y jadeante, y la suya se había vuelto fiera, casi como un rugido. Perdí el control de los brazos. Mi mano izquierda se alzo hacia su rostro, su pelo, para enredar en él mis dedos. Mi mano derecha fue más rápida, porque no era la mía. El puño de Melanie le golpeo la mandíbula, apartando su rostro del mío con un sonido bajo y sordo de carne contra carne, un golpe duro y airado.

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